AceZarte
Sergio Aceval Zanatta
“Con mi alma colgada en la penumbra, necesito tan solo un gramo de cordura para poder aterrizar mis fantasías en un lienzo, dándole color y forma, para imaginar una partícula evidente de concepción hecha realidad y esto es necesario a mi naturaleza o en si a mi esencia, para que después de todo no solo quede en una intención”
La actividad imaginativa se caracteriza por la capacidad de crear mundos fantásticos, donde no existen ni límites ni restricciones de ninguna clase para el impulso de nuestra libertad.
Todos soñamos. Consciente o inconscientemente; los sueños son como una proyección cinematográfica de nuestros deseos o ambiciones, algunos se confunden entre una maraña de símbolos indescifrables.
Aparentemente los sueños están reservados al dormir, mientras que las fantasías se ejecutan despiertos. Sin embargo, los contenidos pueden ser muy similares, con la diferencia de que la censura es más evidente cuando la conciencia está alerta. Ese censor interno opera como un timbre de alarma frente a ciertos contenidos que la sociedad, la cultura y el individuo estiman como inconvenientes o inadecuados.
La capacidad de fantasear está directamente vinculada con la de imaginar, y esta es sin duda una de las características distintivas de la especie humana.
Desde la niñez, las fantasías han sido el vehículo de expresión de nuestros deseos, algunos inocentes y otros perversos, algunos placenteros y otros terroríficos.
Para los adultos ellas van adquiriendo una calidad un poco reservada, la de algo que se admite pero a la vez produce cierta inhibición.